Caminamos, sin dirigir la palabra ninguno de los dos, al menos yo tenía muchos pensamientos rondando por mi cabeza. Estábamos llegando a la entrada de mi casa cuando vimos a Carla sentada en el borde de la acera, pensativa.
-Hola Carla… ¿Dónde has dejado al energúmeno de Fer? – Ella ni me miró.
-En su casa.
-Vale… ¿Y qué haces aquí?
-No hay nadie en casa… - ¿Todavía no habían llegado? Joder ¿Se acordarán de que yo existo?
-Ah, pues esperaremos porque tampoco tengo llave. – Me senté junto a ella.
-Chicas ¿Por qué no entráis en mi casa? No hay nadie y podemos hacer lo que queramos. – Dijo amablemente Luis.
-No hace falta… - Dije yo casi en un susurro.
-¡Claro que sí! Gracias Luis, estaba esperando a que lo dijeses. – Río Carla.
Luis me miró, serio. Nos habíamos “arreglado” por decirlo de alguna manera, pero él sabía que algo en mí no marchaba bien. Sabía también que Laura lo había fastidiado mucho esa tarde, pero haría todo lo que fuese por volverme a recuperar.
Pareció ser que mi opinión no contó para nada, puesto que Luis y Carla se dirigieron hasta la casa de éste. Yo no me pensaba quedar sola, así que los seguí. Decidimos ver una peli, ninguno de los tres tenía cuerpo para fiesta. Luis puso la película que le pidió Carla, “Siete Almas”, me encantaba esa película y no sólo porque saliese el maravilloso Will Smith. Comenzamos a verla, Luis se puso a mi lado.
Yo seguía absorta en mis pensamientos, en cómo habían cambiado tanto las cosas y no podía solucionarlo. Ya no. Me sentía sola, aunque tuviera a Luis, sabía que lo perdería tarde o temprano, pero no porque yo quisiese. Tenía los ojos húmedos. No, otra vez a llorar no, pensé.
-Sil tía que todavía no ha llegado la parte de llorar. – Carla me miró, sorprendida.
Me levanté del sofá y me fui corriendo a algún sitio, cualquier sitio, total no conocía la casa. Llegué a lo que parecía ser una cocina, muy grande y bonita por cierto. Me senté en una silla de color blanco y me sequé las lágrimas por segunda vez en el día. Luis apareció por la puerta, con aspecto preocupado.
-¿Silvia me quieres contar lo que te pasa? En serio, no puedo verte llorar si no sé la razón.
-Luis… es que… no puedo más. No creas que ha sido por lo de Laura, para nada, he explotado hoy como podía haber sido otro día…
-Sil por favor cuéntame. – Se acercó a mí, y sentó en una silla delante de la mía.
Dudé un segundo, pero luego accedí. No podía hacer otra cosa, él a pesar del poco tiempo que llevábamos juntos, me conocía bastante bien, no sé cómo, pero era así. Le conté todo, todo lo feliz que era en un pasado muy lejano, y la causa de lo infeliz que era ahora, le conté lo de mi hermana y no pude evitar llorar, por tercera vez en el día. ¿Pero qué hago? Luis pensará que soy una idiota…
-Silvia yo… no me esperaba esto, lo siento muchísimo de verdad. – Me abrazó, con la fuerza y el cariño que solo él sabía.
-Gracias por estar aquí Luis, y lo siento, te pareceré una niñata llorando cada dos por tres…
-Para nada, es lo mejor que haces. Y ya verás cómo se arregla todo con tus padres. – Me secó las lágrimas con dulzura.
-Ojalá… la echo mucho de menos.
Seguimos así, abrazados, sintiéndonos el uno al otro. Tenía sed de sus besos, quería besarle y no soltarlo jamás. Era al único que le había contado mi historia, mi triste y asquerosa historia y me había ayudado mucho, había conseguido que pensase en otra cosa, que mis pensamientos solo giraran en torno a él y solo él y le estaría agradecida por el resto de mi vida. Quería amar, gritar, cantar, saltar, soñar, ser feliz… vivir la vida, y gracias a él, tenía el primer de muchos pasos conseguido.
lunes, 31 de mayo de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Capítulo veintiseis.
Pero algo no me dejo seguir con mi paso. Luis, como no. Me agarró por el brazo con fuerza.
-Silvia, espera que te explique joder, Laura es de la que te hablé, la que dejé el mismo día que te conocí. Pero ella dice que es mi novia porque no quiere aceptar que lo nuestro acabó. Llevábamos cuatro años juntos ¡Cuatro! Imagínate como le sentó que no salía de su casa para nada hasta hace unos días… - Miré a mi brazo.
-Me haces daño. – Aflojó, pero no me soltó. - ¿Y por qué estabas tan nervioso teniéndola delante? – Lo miré, desafiante.
-Porque tenía la certeza de que ibas a pensar mal y no quería por nada del mundo que esto se estropease…
Solté su mano de mi brazo y me fui, él ya no vino más a parar mi camino, se lo agradecía. Tenía que pensar demasiadas cosas, quizás sus palabras fueron ciertas, quizás me decía verdad. Es más, sabía que estaba en lo cierto, lo veía en sus ojos. Por el camino sonó mi móvil. Miré el número: “Mamá”. Lo guardé otra vez en el bolsillo, tenía tantas razones para no cogerlo… Algunas de ellas habían sido las de no apoyarme, no creer en mí, no quererme…
Empecé a pensar el por qué de la rotura de mi familia, al menos por mi parte. Dos años antes, cuanto yo solo tenía quince años sucedió. Mi hermana Marta y yo estábamos en la playa, ella tendría por ese entonces tres años. Mamá, papá y Ale nos habían dejado solas ya que ellos fueron a por la comida. Marta se encontraba jugando con la arena, según ella intentaba hacer un camino que condujera hasta las estrellas, cosas de niñas. A mí me había sonado el móvil, por lo tanto me pasé un buen rato hablando sin parar. Cuando acabé, me percaté de que no oía su voz, esa voz tan aguda típica de niñas pequeñas que hace que te duelan los oídos… ¿Dónde se había metido? Me desesperé, busqué por toda la playa, corriendo como una auténtica loca. Pensé en llamar a mis padres, pero ellos se hubieran puesto peor que yo. No sabía en dónde más buscar hasta que la vi. Sentada a lo alto de una roca.
-¡Marta! ¡Baja de ahí ya!- Grité, estaba a mucha altura, las olas chocaban bruscamente contra la roca ¿Cómo se habría subido allí?
-¡Ya voy! Pero prométeme que harás el caminito hasta las estrellas…
-Sí Marta, baja. – Se levantó y fue a paso ligero hasta mí, demasiado ligero… Vi como perdió el equilibrio y se dio contra la roca.
-¡Silvia! – Se resbalaba, yo intenté subir, pero me caí al agua, cuando salí la oí llorar, sus pequeñas manos se resbalaban de la húmeda roca, guiándola hasta caer contra el mar, era demasiada altura… No podía hacer nada, no podía subir. – ¡Silvia ayúdame!
Después de dos años, esa voz tan aguda típica de niñas pequeñas que hace que te duelan los oídos aún resonaba en mi cabeza. Había muerto por mi culpa… Cada día me acordaba de ella gracias a lo mal que me trataban mis padres. Estuve meses sin salir de casa, sin ver la luz del sol… No sabía qué hacer sin ella, la necesitaba… Mis padres creían que la había dejado morir, que no hice nada para que viviera… Pero el sentimiento de impotencia que tuve en ese momento, al verla llorar…. No lo entenderían jamás. Si alguna vez tuve momentos de felicidad, ya no me acordaba y por eso ahora me los imaginaba con ella.
Me volvió a sonar el móvil y esta vez le colgué. Me di cuenta de que tenía la cara empapada en lágrimas.
-¡Silvia! ¿Por qué te has ido así? – Oí un susurro a mis espaldas.
-Tenía que… - Lo tenía delante de mí, se percató del mar de lágrimas que tenía en la cara.
-Silvia no, no quiero que llores por mí joder, te juro por lo que más quieras que no estoy con ella, por favor no llores. – Se le veía triste.
-No es por ti, estaba pensando… ¿Me das un abrazo? – Me sequé las lágrimas mientras él me abrazaba con fuerza.
-Créeme por favor Silvia…
-Te creí desde el primer momento en el que me dijiste que no estabas con ella.
-Silvia, espera que te explique joder, Laura es de la que te hablé, la que dejé el mismo día que te conocí. Pero ella dice que es mi novia porque no quiere aceptar que lo nuestro acabó. Llevábamos cuatro años juntos ¡Cuatro! Imagínate como le sentó que no salía de su casa para nada hasta hace unos días… - Miré a mi brazo.
-Me haces daño. – Aflojó, pero no me soltó. - ¿Y por qué estabas tan nervioso teniéndola delante? – Lo miré, desafiante.
-Porque tenía la certeza de que ibas a pensar mal y no quería por nada del mundo que esto se estropease…
Solté su mano de mi brazo y me fui, él ya no vino más a parar mi camino, se lo agradecía. Tenía que pensar demasiadas cosas, quizás sus palabras fueron ciertas, quizás me decía verdad. Es más, sabía que estaba en lo cierto, lo veía en sus ojos. Por el camino sonó mi móvil. Miré el número: “Mamá”. Lo guardé otra vez en el bolsillo, tenía tantas razones para no cogerlo… Algunas de ellas habían sido las de no apoyarme, no creer en mí, no quererme…
Empecé a pensar el por qué de la rotura de mi familia, al menos por mi parte. Dos años antes, cuanto yo solo tenía quince años sucedió. Mi hermana Marta y yo estábamos en la playa, ella tendría por ese entonces tres años. Mamá, papá y Ale nos habían dejado solas ya que ellos fueron a por la comida. Marta se encontraba jugando con la arena, según ella intentaba hacer un camino que condujera hasta las estrellas, cosas de niñas. A mí me había sonado el móvil, por lo tanto me pasé un buen rato hablando sin parar. Cuando acabé, me percaté de que no oía su voz, esa voz tan aguda típica de niñas pequeñas que hace que te duelan los oídos… ¿Dónde se había metido? Me desesperé, busqué por toda la playa, corriendo como una auténtica loca. Pensé en llamar a mis padres, pero ellos se hubieran puesto peor que yo. No sabía en dónde más buscar hasta que la vi. Sentada a lo alto de una roca.
-¡Marta! ¡Baja de ahí ya!- Grité, estaba a mucha altura, las olas chocaban bruscamente contra la roca ¿Cómo se habría subido allí?
-¡Ya voy! Pero prométeme que harás el caminito hasta las estrellas…
-Sí Marta, baja. – Se levantó y fue a paso ligero hasta mí, demasiado ligero… Vi como perdió el equilibrio y se dio contra la roca.
-¡Silvia! – Se resbalaba, yo intenté subir, pero me caí al agua, cuando salí la oí llorar, sus pequeñas manos se resbalaban de la húmeda roca, guiándola hasta caer contra el mar, era demasiada altura… No podía hacer nada, no podía subir. – ¡Silvia ayúdame!
Después de dos años, esa voz tan aguda típica de niñas pequeñas que hace que te duelan los oídos aún resonaba en mi cabeza. Había muerto por mi culpa… Cada día me acordaba de ella gracias a lo mal que me trataban mis padres. Estuve meses sin salir de casa, sin ver la luz del sol… No sabía qué hacer sin ella, la necesitaba… Mis padres creían que la había dejado morir, que no hice nada para que viviera… Pero el sentimiento de impotencia que tuve en ese momento, al verla llorar…. No lo entenderían jamás. Si alguna vez tuve momentos de felicidad, ya no me acordaba y por eso ahora me los imaginaba con ella.
Me volvió a sonar el móvil y esta vez le colgué. Me di cuenta de que tenía la cara empapada en lágrimas.
-¡Silvia! ¿Por qué te has ido así? – Oí un susurro a mis espaldas.
-Tenía que… - Lo tenía delante de mí, se percató del mar de lágrimas que tenía en la cara.
-Silvia no, no quiero que llores por mí joder, te juro por lo que más quieras que no estoy con ella, por favor no llores. – Se le veía triste.
-No es por ti, estaba pensando… ¿Me das un abrazo? – Me sequé las lágrimas mientras él me abrazaba con fuerza.
-Créeme por favor Silvia…
-Te creí desde el primer momento en el que me dijiste que no estabas con ella.
Capítulo veinticinco.
Me encontraba en la avenida, en una heladería que no me acuerdo ni del nombre. Él se quedó fuera, sentado en un banco en frente de la heladería. Llevábamos horas andando, jugando, cogidos de la mano… Esa tarde me lo estaba pasando realmente bien. Luis se había puesto muy nervioso de repente y me había mandado a por unos helados, yo acepté, no quería que se estropease el momento. Salí de la heladería, hacía mucho calor… Me dirigí decidida hacia el banco, pero él no estaba allí. ¿Dónde se habrá metido? Pensé. Miré hacia todos los lados posibles y al final lo vi, apoyado en la pared de una casa, hablando con una chica, me sonaba su cara. Me fui hasta ellos.
- Tu helado. – Le dije cuando estuve a su misma altura, él se sobresaltó.
- ¡Sil! Gracias… - Aun seguía algo nervioso y no sabía por qué.- Esta es…
- Laura. – Le corté. Era una de las chicas valientes que me había presentado Fer hace unos días, solo se me había quedado su nombre de todos los que había conocido ese día, que casualidad.
- ¡Hola Silvia! – Nos dimos dos besos.
- ¿Os… conocéis? – Luis se había quedado perplejo.
- Sí… el otro día en la playa nos presentó Fer. – Dijo ella, yo asentí. Laura no paraba de agarrarle el brazo a Luis, que confianzuda…
- Ah vale…
- ¿Vosotros de que os conocéis? – Pregunté, indiscretamente.
- ¡Soy su novia! – Le dio un beso fugaz en los labios, feliz.
- ¿Qué? – No podía articular más palabra. Mi helado se me resbaló de las manos.
- Silvia, no, yo… - Lo que me faltaba, Luis también… La mayor cornuda de la historia aquí presente.
- No me lo puedo creer…
Sin pensar, comencé a reírme, no podía parar, me dolía el estómago. Luis y Laura me miraban con curiosidad, yo sólo me reía. No podía hacer otra cosa. Parecía una broma, una pesadilla…, todo menos real. Parecía que lo habían calculado todo a medida. Primero Pablo, que no me importó demasiado puesto que mis sentimientos hacia él eran menores de los que le tenía a una piedra. Luego Fer, el supuesto amor de mi vida, ese si me había dolido, me había dolido mucho. ¿Y ahora, Luis? ¿Pero qué es esto? Él más que nadie sabía lo que estaba sufriendo… hasta que por fin decidí dejarme llevar por él y sus mentirosos sentimientos. Paré de reírme, me sequé las lágrimas que me habían caído de la risa y le pegué un bofetón con todas mis ganas.
- Laura, te recomiendo que hagas tú lo mismo, por lo visto ha estado con las dos a la vez.- Laura me miró sin entender nada, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, pero no hizo nada, solo se fue.
- Silvia te estás equivocando. – Luis se frotaba la parte de la cara donde le había pegado.
- ¡Qué te vayas a la mierda joder! ¡Confié en ti, pensé que eras diferente! Sabías que estaba rota por dentro y tú, aun así hiciste todo lo posible para que me liara contigo. Eres asqueroso. Tu objetivo cuál es ¿Joder a la gente hasta que no puedan más? ¡Porque lo has conseguido!
- ¡Silvia que no estoy con ella!
- Ya lo veo ya. – Me di la vuelta para irme a casa, a refugiarme.
- Tu helado. – Le dije cuando estuve a su misma altura, él se sobresaltó.
- ¡Sil! Gracias… - Aun seguía algo nervioso y no sabía por qué.- Esta es…
- Laura. – Le corté. Era una de las chicas valientes que me había presentado Fer hace unos días, solo se me había quedado su nombre de todos los que había conocido ese día, que casualidad.
- ¡Hola Silvia! – Nos dimos dos besos.
- ¿Os… conocéis? – Luis se había quedado perplejo.
- Sí… el otro día en la playa nos presentó Fer. – Dijo ella, yo asentí. Laura no paraba de agarrarle el brazo a Luis, que confianzuda…
- Ah vale…
- ¿Vosotros de que os conocéis? – Pregunté, indiscretamente.
- ¡Soy su novia! – Le dio un beso fugaz en los labios, feliz.
- ¿Qué? – No podía articular más palabra. Mi helado se me resbaló de las manos.
- Silvia, no, yo… - Lo que me faltaba, Luis también… La mayor cornuda de la historia aquí presente.
- No me lo puedo creer…
Sin pensar, comencé a reírme, no podía parar, me dolía el estómago. Luis y Laura me miraban con curiosidad, yo sólo me reía. No podía hacer otra cosa. Parecía una broma, una pesadilla…, todo menos real. Parecía que lo habían calculado todo a medida. Primero Pablo, que no me importó demasiado puesto que mis sentimientos hacia él eran menores de los que le tenía a una piedra. Luego Fer, el supuesto amor de mi vida, ese si me había dolido, me había dolido mucho. ¿Y ahora, Luis? ¿Pero qué es esto? Él más que nadie sabía lo que estaba sufriendo… hasta que por fin decidí dejarme llevar por él y sus mentirosos sentimientos. Paré de reírme, me sequé las lágrimas que me habían caído de la risa y le pegué un bofetón con todas mis ganas.
- Laura, te recomiendo que hagas tú lo mismo, por lo visto ha estado con las dos a la vez.- Laura me miró sin entender nada, las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas, pero no hizo nada, solo se fue.
- Silvia te estás equivocando. – Luis se frotaba la parte de la cara donde le había pegado.
- ¡Qué te vayas a la mierda joder! ¡Confié en ti, pensé que eras diferente! Sabías que estaba rota por dentro y tú, aun así hiciste todo lo posible para que me liara contigo. Eres asqueroso. Tu objetivo cuál es ¿Joder a la gente hasta que no puedan más? ¡Porque lo has conseguido!
- ¡Silvia que no estoy con ella!
- Ya lo veo ya. – Me di la vuelta para irme a casa, a refugiarme.
domingo, 23 de mayo de 2010
Capítulo veinticuatro.
-Hombre Luis, tú por aquí. – Rió el estúpido de Fer.
Luis ni siquiera lo miró. Sus ojos se posaron directamente en los míos. No pude descifrar la expresión que se le había quedado en la cara. ¿Sorpresa?
-¿Qué hace él en tu casa, Silvia? – Se dignó a hablar. Su voz era neutra.
-Se ha quedado a dormir… Se encontraba mal ayer y su casa está lejos… - En ese momento apareció Carla detrás de mí.
-¡Hola Luis! – Dijo feliz.
-Hola… No entiendo nada.
-A ver tío, que me acogió en su casa, pero tranquilo que no me dirige la palabra. – Fer me miró seriamente. – Y Carla y ella ya se han perdonado, las mejores amigas siempre lo hacen ¿No?
-Supongo… ¿Te quitas de la puerta para dejarme pasar? – Dijo con tono brusco. Fer lo hizo, todavía le duraba la resaca y lo menos que quería ahora eran problemas. Luis entró, acercándose a mí.
-Por un momento creí que ibas a pensar mal…
-Iba, hasta que he escuchado la explicación. ¿Hacemos algo hoy?
-¿Una orgía? – Saltó Fer animado. Carla, Luis y yo lo miramos. – Era broma…
-¿Por qué no te largas a tu casa de una vez? – Le grité, me ponía de los nervios tener su presencia cerca.
-Sí, mejor será que te vayas, si quieres te acompaño… - Dijo Carla con su voz angelical, pobre de ella si llegaba a liarse con él.
-Vale vamos, pediremos un taxi… Silvia gracias por... todo. – Me guiñó un ojo, yo le enseñé el dedo corazón, con todo el cariño del mundo.
Carla me dio un beso en la mejilla en forma de despedida. Le susurré al oído que no se dejara llevar por ese idiota. Salieron de casa dando un portazo.
Luis me cogió por la cintura atrayéndome hacia él, me agarró la cara y me besó salvajemente, no había tenido tiempo para hacerlo con Carla y Fer allí delante.
-¿No te habrás arrepentido de nada de lo de ayer verdad? – Me preguntó, dejándome respirar después de ese beso tan largo.
-Jamás. – Sonreí.
Le dejé una nota a mi madre, como ella había hecho antes, diciéndole que salía con Luis a dar una vuelta.
No teníamos ni idea de a dónde ir. Solo sabíamos que estábamos juntos por fin, sin nadie quien nos separase. Lo quería. Me había quedado locamente pillada desde que me choqué con él hace días. De sus ojos verdes azulados que penetraban hasta lo más hondo del alma. De su magnífica risa, que hacía que cualquiera que estuviera a su lado se riera. De sus labios carnosos, que besaban apasionadamente, con amor, con locura. De todo él. Lo quería y era feliz.
Lo único que podía angustiarme en ese momento, era el saber que vivíamos en islas distintas, que dentro de apenas un mes, todo se acabaría.
Luis ni siquiera lo miró. Sus ojos se posaron directamente en los míos. No pude descifrar la expresión que se le había quedado en la cara. ¿Sorpresa?
-¿Qué hace él en tu casa, Silvia? – Se dignó a hablar. Su voz era neutra.
-Se ha quedado a dormir… Se encontraba mal ayer y su casa está lejos… - En ese momento apareció Carla detrás de mí.
-¡Hola Luis! – Dijo feliz.
-Hola… No entiendo nada.
-A ver tío, que me acogió en su casa, pero tranquilo que no me dirige la palabra. – Fer me miró seriamente. – Y Carla y ella ya se han perdonado, las mejores amigas siempre lo hacen ¿No?
-Supongo… ¿Te quitas de la puerta para dejarme pasar? – Dijo con tono brusco. Fer lo hizo, todavía le duraba la resaca y lo menos que quería ahora eran problemas. Luis entró, acercándose a mí.
-Por un momento creí que ibas a pensar mal…
-Iba, hasta que he escuchado la explicación. ¿Hacemos algo hoy?
-¿Una orgía? – Saltó Fer animado. Carla, Luis y yo lo miramos. – Era broma…
-¿Por qué no te largas a tu casa de una vez? – Le grité, me ponía de los nervios tener su presencia cerca.
-Sí, mejor será que te vayas, si quieres te acompaño… - Dijo Carla con su voz angelical, pobre de ella si llegaba a liarse con él.
-Vale vamos, pediremos un taxi… Silvia gracias por... todo. – Me guiñó un ojo, yo le enseñé el dedo corazón, con todo el cariño del mundo.
Carla me dio un beso en la mejilla en forma de despedida. Le susurré al oído que no se dejara llevar por ese idiota. Salieron de casa dando un portazo.
Luis me cogió por la cintura atrayéndome hacia él, me agarró la cara y me besó salvajemente, no había tenido tiempo para hacerlo con Carla y Fer allí delante.
-¿No te habrás arrepentido de nada de lo de ayer verdad? – Me preguntó, dejándome respirar después de ese beso tan largo.
-Jamás. – Sonreí.
Le dejé una nota a mi madre, como ella había hecho antes, diciéndole que salía con Luis a dar una vuelta.
No teníamos ni idea de a dónde ir. Solo sabíamos que estábamos juntos por fin, sin nadie quien nos separase. Lo quería. Me había quedado locamente pillada desde que me choqué con él hace días. De sus ojos verdes azulados que penetraban hasta lo más hondo del alma. De su magnífica risa, que hacía que cualquiera que estuviera a su lado se riera. De sus labios carnosos, que besaban apasionadamente, con amor, con locura. De todo él. Lo quería y era feliz.
Lo único que podía angustiarme en ese momento, era el saber que vivíamos en islas distintas, que dentro de apenas un mes, todo se acabaría.
Capítulo veintitres.
No sé ni porque lo había hecho pero no podía dejarlos ahí fuera. Los dos me habían hecho muchísimo daño pero una cosa tenía clara, yo no era como ellos. Entramos en mi habitación con el mayor cuidado posible, menos mal que era enorme, tenía hasta cuarto de baño. Al lado de mi cama habíamos puesto la cama donde se iba a quedar Carla. Ella se sentó con Fer en su cama y yo en la mía. Fer tenía una cara que asustaba, estaba pálido y con los ojos rojos. Verdaderamente estaba mal.
- Joder ¡Llévalo al baño, lávale la cara o algo! – Dije para romper un poco el hielo.
- Yo puedo… - Fer no acabó la frase puesto que tuvo que irse corriendo al baño a vomitar.
- Qué asco – Dije entre susurros.
- Silvia… yo… lo siento muchísimo en serio… se me fue la cabeza, no sabía lo que decía y te juro que Fer estaba mal de verdad, míralo. – Los ojos de Carla estaban ligeramente húmedos e hinchados, había estado llorando.
- Ya pero… me has decepcionado, pensé que eras mi amiga, sabías lo mal que lo estaba pasando, no debiste decir eso, ¿De veras lo piensas?
- ¡No! Silvia ¡No! Estaba enfadada porque me habías dejado de lado por Luis y dije lo primero que me vino a la cabeza, perdóname por favor.
- ¿De lado? Yo… no he hecho eso. –
- Sí lo has hecho… no podías apartar los ojos de él, tía estás pillada. – Me sonrojé. - Y bueno yo no sabía qué hacer… salí fuera y me lo encontré.
- No me di cuenta, ya me lo podrías haber dicho ¿No? – Justo en ese momento entró Fer en la habitación. Tenía mejor cara.
- No sé vosotros, pero yo tengo sueño. – Dije quitando la colcha de la cama.
- Silvia gracias. – Me sorprendió la voz de Fer a mis espaldas.
- Esto lo hago por Carla no por ti. – Carla me sonrió.
- Lo sé. Te podría decir mil y una explicaciones, además quiero hacerlo pero si no me escuchaste antes, menos lo harás ahora ¿Me equivoco?
- Para nada.
- Lo siento, Sil, de verdad… Estaba confundido y…
- Cállate ya por favor. Vamos a dormir, a ver si por lo menos a ti se te pasa el colocón que llevas.
- ¿Dónde duermo? – Se había vuelto un poco pálido otra vez.
- Conmigo no, búscate la vida, si no fuera porque tu casa está lejos, te largabas que lo sepas.
- ¡Joder si quieres me voy!
- Por mí encantada. – Me metí en la cama y me tapé.
- Chicos parad ya, Fer en mi cama no cabes lo siento… Duerme en la alfombra, si quieres te doy mi almohada.
- Gracias Carla. – Dijo echándome una mirada con rabia.
Se acostó en el suelo y casi al momento se durmió. Iba a apagar la luz cuando empezó a roncar. Carla y yo nos miramos y empezamos a reírnos como locas. Ella se pasó a mi cama y me abrazó.
- Tía tienes que perdonarme, sabes que no soy así. – Dijo susurrando.
- Mmm… me lo pensaré. – Susurré haciéndome la dura.
- Venga por fa…
Empezó a hacerme cosquillas y yo no paraba de reírme y patalear hasta que se oyó un ruido. Paramos, nos miramos y ella se fue hacia Fer para taparle la boca o lo que fuera, yo apagué la luz y me tapé. Se abrió la puerta, noté que una presencia se acercaba, pero luego se fue, cerrando consigo la puerta. Carla y yo suspiramos aliviadas, decidimos que a las cinco de la mañana no es buena hora para estar jugando. Carla se metió en su cama y al poco rato nos quedamos dormidas.
Diez de Julio del dos mil nueve.
Nos despertamos a eso de las dos del medio día. Mi madre por suerte se había ido temprano y había dejado una nota. Fer tenía una resaca de tres pares de narices. Carla y yo nos cambiamos de ropa, nos arreglamos, Fer solo pudo hacer esto último y después comimos algo. Sonó el timbre de la puerta, iba de camino a abrir la puerta cuando Fer se me adelantó para abrirla él. Era Luis.
- Joder ¡Llévalo al baño, lávale la cara o algo! – Dije para romper un poco el hielo.
- Yo puedo… - Fer no acabó la frase puesto que tuvo que irse corriendo al baño a vomitar.
- Qué asco – Dije entre susurros.
- Silvia… yo… lo siento muchísimo en serio… se me fue la cabeza, no sabía lo que decía y te juro que Fer estaba mal de verdad, míralo. – Los ojos de Carla estaban ligeramente húmedos e hinchados, había estado llorando.
- Ya pero… me has decepcionado, pensé que eras mi amiga, sabías lo mal que lo estaba pasando, no debiste decir eso, ¿De veras lo piensas?
- ¡No! Silvia ¡No! Estaba enfadada porque me habías dejado de lado por Luis y dije lo primero que me vino a la cabeza, perdóname por favor.
- ¿De lado? Yo… no he hecho eso. –
- Sí lo has hecho… no podías apartar los ojos de él, tía estás pillada. – Me sonrojé. - Y bueno yo no sabía qué hacer… salí fuera y me lo encontré.
- No me di cuenta, ya me lo podrías haber dicho ¿No? – Justo en ese momento entró Fer en la habitación. Tenía mejor cara.
- No sé vosotros, pero yo tengo sueño. – Dije quitando la colcha de la cama.
- Silvia gracias. – Me sorprendió la voz de Fer a mis espaldas.
- Esto lo hago por Carla no por ti. – Carla me sonrió.
- Lo sé. Te podría decir mil y una explicaciones, además quiero hacerlo pero si no me escuchaste antes, menos lo harás ahora ¿Me equivoco?
- Para nada.
- Lo siento, Sil, de verdad… Estaba confundido y…
- Cállate ya por favor. Vamos a dormir, a ver si por lo menos a ti se te pasa el colocón que llevas.
- ¿Dónde duermo? – Se había vuelto un poco pálido otra vez.
- Conmigo no, búscate la vida, si no fuera porque tu casa está lejos, te largabas que lo sepas.
- ¡Joder si quieres me voy!
- Por mí encantada. – Me metí en la cama y me tapé.
- Chicos parad ya, Fer en mi cama no cabes lo siento… Duerme en la alfombra, si quieres te doy mi almohada.
- Gracias Carla. – Dijo echándome una mirada con rabia.
Se acostó en el suelo y casi al momento se durmió. Iba a apagar la luz cuando empezó a roncar. Carla y yo nos miramos y empezamos a reírnos como locas. Ella se pasó a mi cama y me abrazó.
- Tía tienes que perdonarme, sabes que no soy así. – Dijo susurrando.
- Mmm… me lo pensaré. – Susurré haciéndome la dura.
- Venga por fa…
Empezó a hacerme cosquillas y yo no paraba de reírme y patalear hasta que se oyó un ruido. Paramos, nos miramos y ella se fue hacia Fer para taparle la boca o lo que fuera, yo apagué la luz y me tapé. Se abrió la puerta, noté que una presencia se acercaba, pero luego se fue, cerrando consigo la puerta. Carla y yo suspiramos aliviadas, decidimos que a las cinco de la mañana no es buena hora para estar jugando. Carla se metió en su cama y al poco rato nos quedamos dormidas.
Diez de Julio del dos mil nueve.
Nos despertamos a eso de las dos del medio día. Mi madre por suerte se había ido temprano y había dejado una nota. Fer tenía una resaca de tres pares de narices. Carla y yo nos cambiamos de ropa, nos arreglamos, Fer solo pudo hacer esto último y después comimos algo. Sonó el timbre de la puerta, iba de camino a abrir la puerta cuando Fer se me adelantó para abrirla él. Era Luis.
Capítulo veintidos.
Me había dejado atónita, no sé cómo pero había conseguido que quisiera repetir ese beso mil veces. Volvía a sentir las punzadas en mi estómago, pero no por Fer, sino por él. Solo él. ¿Me estaba enamorando?
Con Fer solo quise recordar lo bien que me lo pasaba con él, me enamoré de sus ojos, su belleza, su estúpido carácter… Pero él nunca se había enamorado de mí. Fui una tonta por creer que sí, ni siquiera me lo demostraba. Tantas tardes besándonos... sólo eso, besos y más besos sin ningún significado. Con Luis era diferente, me hacía feliz, lo único que necesitaba, ser feliz. Y encima me daba aquellos besos que me dejaban sin respiración, llenos de sonrisas entre ellos…
Me di cuenta de esto cuando abría la puerta de mi casa y giraba la cabeza hacia atrás para comprobar que Luis seguía ahí sonriéndome, y así era. No quería separarme de él por nada… pero si mi madre se daba cuenta de que no estaba, podía ser que me matase. Le di un beso volado y entré. Intenté no hacer ruido para no despertar a nadie puesto que eran las cuatro de la mañana. Fui recta hasta mi habitación pero me tropecé de lleno con algo y caí al suelo. ¿Pero qué demonios? De repente se encendió la luz. Mi madre salió de entre las sombras, daba miedo.
- ¿Dónde estabas? – Tenía una cara de sueño que no podía con ella ¿Me había estado esperando?
- En el bar que te dije… Y no sé dónde se ha metido Carla, he tardado tanto por estar buscándola. – Mentí, se me daba tan bien…
- ¡Encima eso! Te estado esperando y como no volvías, pensaba que te había pasado… ¡A saber qué cosas!
- Mamá, has esperado porque te ha dado la gana. Tengo diecisiete años ¿Recuerdas? ¡Libertad! – Le puse una mueca.
- No me hables así, te lo tengo dicho.
- Voy a dormir que tengo sueño – Me levanté del suelo y seguí hasta mi habitación.
- No he acabado… ¿Quién es el chico con él que estabas achuchándote? – Mierda, interrogatorio.
- Luis…
- ¿Y Fer?
- No existe. Mamá por favor pregunta mañana que tengo sueño.
- De acuerdo. ¿Carla entonces no viene a dormir?
- Supongo que no, ya tiene otra persona con quién quedarse.
Me fui hasta la habitación, me quité la ropa y me duché. Me puse el pijama y me tiré de cabeza en la cama. Cuando ya estaba pillando el sueño me llegó un sms.
Ponía “Ábreme”, de Carla. Ya estaba tardando. Fui hacia la puerta y la abrí. No vi a nadie ¿Encima vacilando? Ya estaba cerrando la puerta cuando oí unos ruidos detrás de los árboles. Me dirigí hacia allí y vi a Carla agarrando a alguien, este no paraba de vomitar.
- Ayúdame por favor, no sé lo que se ha metido y no sé dónde está su casa. – El otro paró de vomitar por un segundo y miró hacia mí, después volvió a vomitar. Era Fer.
- ¿Quieres que se quede con nosotras? – La miré con cara de asco.
- ¿Y qué quieres, qué lo deje aquí fuera?
- Es verdad, no me acordaba que te da pena, pobrecito. – Dije con voz de niña. Fer y Carla me miraron con cara de súplica. – Venga vamos, sin hacer ruido si no quieres que mi madre te mate y después me mate a mí.
Con Fer solo quise recordar lo bien que me lo pasaba con él, me enamoré de sus ojos, su belleza, su estúpido carácter… Pero él nunca se había enamorado de mí. Fui una tonta por creer que sí, ni siquiera me lo demostraba. Tantas tardes besándonos... sólo eso, besos y más besos sin ningún significado. Con Luis era diferente, me hacía feliz, lo único que necesitaba, ser feliz. Y encima me daba aquellos besos que me dejaban sin respiración, llenos de sonrisas entre ellos…
Me di cuenta de esto cuando abría la puerta de mi casa y giraba la cabeza hacia atrás para comprobar que Luis seguía ahí sonriéndome, y así era. No quería separarme de él por nada… pero si mi madre se daba cuenta de que no estaba, podía ser que me matase. Le di un beso volado y entré. Intenté no hacer ruido para no despertar a nadie puesto que eran las cuatro de la mañana. Fui recta hasta mi habitación pero me tropecé de lleno con algo y caí al suelo. ¿Pero qué demonios? De repente se encendió la luz. Mi madre salió de entre las sombras, daba miedo.
- ¿Dónde estabas? – Tenía una cara de sueño que no podía con ella ¿Me había estado esperando?
- En el bar que te dije… Y no sé dónde se ha metido Carla, he tardado tanto por estar buscándola. – Mentí, se me daba tan bien…
- ¡Encima eso! Te estado esperando y como no volvías, pensaba que te había pasado… ¡A saber qué cosas!
- Mamá, has esperado porque te ha dado la gana. Tengo diecisiete años ¿Recuerdas? ¡Libertad! – Le puse una mueca.
- No me hables así, te lo tengo dicho.
- Voy a dormir que tengo sueño – Me levanté del suelo y seguí hasta mi habitación.
- No he acabado… ¿Quién es el chico con él que estabas achuchándote? – Mierda, interrogatorio.
- Luis…
- ¿Y Fer?
- No existe. Mamá por favor pregunta mañana que tengo sueño.
- De acuerdo. ¿Carla entonces no viene a dormir?
- Supongo que no, ya tiene otra persona con quién quedarse.
Me fui hasta la habitación, me quité la ropa y me duché. Me puse el pijama y me tiré de cabeza en la cama. Cuando ya estaba pillando el sueño me llegó un sms.
Ponía “Ábreme”, de Carla. Ya estaba tardando. Fui hacia la puerta y la abrí. No vi a nadie ¿Encima vacilando? Ya estaba cerrando la puerta cuando oí unos ruidos detrás de los árboles. Me dirigí hacia allí y vi a Carla agarrando a alguien, este no paraba de vomitar.
- Ayúdame por favor, no sé lo que se ha metido y no sé dónde está su casa. – El otro paró de vomitar por un segundo y miró hacia mí, después volvió a vomitar. Era Fer.
- ¿Quieres que se quede con nosotras? – La miré con cara de asco.
- ¿Y qué quieres, qué lo deje aquí fuera?
- Es verdad, no me acordaba que te da pena, pobrecito. – Dije con voz de niña. Fer y Carla me miraron con cara de súplica. – Venga vamos, sin hacer ruido si no quieres que mi madre te mate y después me mate a mí.
Capítulo veintiuno.
Luis y yo nos pasamos toda la noche bailando y riéndonos. Después de todo, estaba feliz, porque me había dado cuenta de que Fer no merecía verme ni una sola gota de tristeza, me había dado una lección, tenía que agradecérselo y además ahora estaba Luis, que no sabía si éramos “novios”, amigos con derecho a roce o no sé… De eso ya me preocuparía otro día, ahora solo podía sentir la música.
- ¿Te lo pasas bien? – Luis interrumpió mis pensamientos.
- ¡De puta madre! – La verdad es que había bebido un poco.
- Me alegro preciosa, ya es un poco tarde ¿No crees?
- ¿Qué hora es?
- Las tres y media…
- ¡Hostia! ¿Por qué no me has avisado? Le dije a mi madre que estaría pronto en casa con…
- ¿Con?
- ¿Dónde está Carla?
- Pues… hace un buen rato que no la veo – Los dos miramos hacia atrás, derecha e izquierda y no la veíamos por ningún lado.
- A lo mejor está fuera… vamos.
Me despedí de la gente que había conocido esa noche y salimos por la puerta. Lo primero que vi fue a Fer, Dios… ¿Me lo tenía que encontrar en todas partes? Además estaba con una chica, no sentí la frecuente punzada en el estómago, iba por buen camino. Me dispuse a seguir buscando a mi amiga cuando alguien chilló mi nombre, esa voz tan aguda no podía ser otra que de Carla.
- ¡Silvia! ¡Tía estás sorda eh!
- Te estaba buscando, es tardísimo ¿Dónde estabas?
- Pues… con Fer, es que está muy mal, te has pasado diciéndole de todo.
- ¡¿Qué?! ¿Pero de qué hablas? ¿Tú sabes todo el daño que me ha hecho ese imbécil? No me puedo creer que hayas caído en sus redes. – Estaba gritando como una histérica.
- Solo lo estaba consolando, me daba pena ¿Vale?
- ¿Y yo qué? Tú más que nadie deberías saber todo lo que sufrido. – Notaba mis ojos húmedos, otra vez.
- Pues mucho no creo, liándote con Luis al día siguiente. – No daba crédito a sus palabras ¿Cómo se atrevía?
- Pero… ¿Qué dices? Yo me lié con él antes de volver a estar con Fer, si no sabes de qué hablas, mejor cállate. ¿Y a ti te llaman amiga? Vete a la mierda con él, bonita.
Y me largué, cogiendo del brazo a Luis, que había estado escuchando toda la conversación al igual que Fer. ¿Cómo le había comido el cerebro tan rápido? Carla, precisamente a ella, mi mejor amiga desde los siete años, la que siempre me hacía sonreír en los malos momentos, igual que yo a ella, la que siempre me ayudaba en todo lo que era posible, parece ser que de eso no se trata la amistad, tengo un concepto equivocado al igual que la palabra “amor”. Cuando me di cuenta, estaba llorando como una magdalena y Luis abrazándome. Sólo me quedaba él en el mundo, aparte de mi familia, que jamás me ayudaban en nada.
- No me puedo creer lo que te ha hecho… – Luis estaba tan sorprendido como yo.
- Yo menos. – Dije entre sollozos. – Cada vez me queda menos gente, lo siento si te hago algo sin darme cuenta…
- No seas boba, ellos son unos niñatos que no saben lo que se pierden. Y además puedes hacerme el daño que te de la ganas que yo siempre te querré igual. – ¡Qué mono! Realmente Luis conseguía hacerme sonreír pero aún así no sabía que responder…
- ¿Y si me lío con tu abuelo me seguirás queriendo? – Le puse una cara pícara.
- Joder Sil… - Nos empezamos a reír de buena gana y seguimos caminando – Sí, te seguiría queriendo. – Lo miré y le sonreí.
- ¿Sabes qué? Me estás empezando a gustar un poquitín… - Mentí, me gustaba desde hacía tiempo, me sonrojé.
- ¡¿En serio?! Ya era hora, ¡No sabía qué más hacer! – Volvimos a reír.
- ¿Ya tienes un plan para hacerme olvidar del todo?
- Mmm no, pero me encanta hacerte reír ¿Eso cuenta?
- Bastante… Eres el único que lo hace últimamente.
- Entonces voy bien – Sonrió, orgulloso. -¿Si te beso, te dejarías? – De repente nos paramos y él se acercó a mí, qué bien olía.
- No sería el primero. – Yo también me acerqué.
- Ni tampoco el último. – Y me besó apasionadamente, esta vez de verdad, como nunca lo había hecho antes.
- ¿Te lo pasas bien? – Luis interrumpió mis pensamientos.
- ¡De puta madre! – La verdad es que había bebido un poco.
- Me alegro preciosa, ya es un poco tarde ¿No crees?
- ¿Qué hora es?
- Las tres y media…
- ¡Hostia! ¿Por qué no me has avisado? Le dije a mi madre que estaría pronto en casa con…
- ¿Con?
- ¿Dónde está Carla?
- Pues… hace un buen rato que no la veo – Los dos miramos hacia atrás, derecha e izquierda y no la veíamos por ningún lado.
- A lo mejor está fuera… vamos.
Me despedí de la gente que había conocido esa noche y salimos por la puerta. Lo primero que vi fue a Fer, Dios… ¿Me lo tenía que encontrar en todas partes? Además estaba con una chica, no sentí la frecuente punzada en el estómago, iba por buen camino. Me dispuse a seguir buscando a mi amiga cuando alguien chilló mi nombre, esa voz tan aguda no podía ser otra que de Carla.
- ¡Silvia! ¡Tía estás sorda eh!
- Te estaba buscando, es tardísimo ¿Dónde estabas?
- Pues… con Fer, es que está muy mal, te has pasado diciéndole de todo.
- ¡¿Qué?! ¿Pero de qué hablas? ¿Tú sabes todo el daño que me ha hecho ese imbécil? No me puedo creer que hayas caído en sus redes. – Estaba gritando como una histérica.
- Solo lo estaba consolando, me daba pena ¿Vale?
- ¿Y yo qué? Tú más que nadie deberías saber todo lo que sufrido. – Notaba mis ojos húmedos, otra vez.
- Pues mucho no creo, liándote con Luis al día siguiente. – No daba crédito a sus palabras ¿Cómo se atrevía?
- Pero… ¿Qué dices? Yo me lié con él antes de volver a estar con Fer, si no sabes de qué hablas, mejor cállate. ¿Y a ti te llaman amiga? Vete a la mierda con él, bonita.
Y me largué, cogiendo del brazo a Luis, que había estado escuchando toda la conversación al igual que Fer. ¿Cómo le había comido el cerebro tan rápido? Carla, precisamente a ella, mi mejor amiga desde los siete años, la que siempre me hacía sonreír en los malos momentos, igual que yo a ella, la que siempre me ayudaba en todo lo que era posible, parece ser que de eso no se trata la amistad, tengo un concepto equivocado al igual que la palabra “amor”. Cuando me di cuenta, estaba llorando como una magdalena y Luis abrazándome. Sólo me quedaba él en el mundo, aparte de mi familia, que jamás me ayudaban en nada.
- No me puedo creer lo que te ha hecho… – Luis estaba tan sorprendido como yo.
- Yo menos. – Dije entre sollozos. – Cada vez me queda menos gente, lo siento si te hago algo sin darme cuenta…
- No seas boba, ellos son unos niñatos que no saben lo que se pierden. Y además puedes hacerme el daño que te de la ganas que yo siempre te querré igual. – ¡Qué mono! Realmente Luis conseguía hacerme sonreír pero aún así no sabía que responder…
- ¿Y si me lío con tu abuelo me seguirás queriendo? – Le puse una cara pícara.
- Joder Sil… - Nos empezamos a reír de buena gana y seguimos caminando – Sí, te seguiría queriendo. – Lo miré y le sonreí.
- ¿Sabes qué? Me estás empezando a gustar un poquitín… - Mentí, me gustaba desde hacía tiempo, me sonrojé.
- ¡¿En serio?! Ya era hora, ¡No sabía qué más hacer! – Volvimos a reír.
- ¿Ya tienes un plan para hacerme olvidar del todo?
- Mmm no, pero me encanta hacerte reír ¿Eso cuenta?
- Bastante… Eres el único que lo hace últimamente.
- Entonces voy bien – Sonrió, orgulloso. -¿Si te beso, te dejarías? – De repente nos paramos y él se acercó a mí, qué bien olía.
- No sería el primero. – Yo también me acerqué.
- Ni tampoco el último. – Y me besó apasionadamente, esta vez de verdad, como nunca lo había hecho antes.
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